“El que quiere puede”: persona que culminó su proceso de reintegración

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Tras una niñez difícil, de trabajos obligados, y de pasar su adolescencia en las filas de las Farc, Adila encontró la felicidad.

Adila es la menor de siete hermanos, vivía en Puerto Ciare (Meta), cerca de Caño Jabón, y estaba a punto de cumplir 10 años cuando se acercó a un hombre uniformado y le suplicó que se la llevara.

 

Los primeros recuerdos que Adila guarda de su niñez son de tristeza pues considera que no tuvo infancia y cambió las muñecas por las labores domésticas. A los cinco años ya cocinaba, lavaba y rajaba leña, comenta.

 

Adila era apenas una niña y estando en el grupo armado tuvo que enfrentar situaciones difíciles que la hicieron odiar su condición de mujer y de niña, se estrelló con la dureza de la vida guerrillera y se dio cuenta que su vida había cambiado pero no para bien.

 

El final

 

Era de noche, Adila ya había preparado su escape con una camarada, pero esta se arrepintió a última hora, y sin más opciones, Adila se arriesgó a persuadir a otro compañero convenciéndolo de seguir su plan en menos de una hora. Así fue como ambos corrieron entre la selva, atravesaron ríos y rodaron por barrancos en busca de la libertad.

 

Seguía de noche cuando llegaron a un cruce peligroso; se encontraron en medio de la guerrilla, los paramilitares y el Ejército, entonces ambos se prepararon para una experiencia peor que la muerte.

 

Salida en falso 

 

Adila y su acompañante fueron capturados por el Ejército y trasladados al pueblo más cercano, pero hubo errores gravísimos y sin saber por qué, estuvo recluida en una correccional de menores tres días hasta que la trasladaron a un hogar de paz en Bogotá.

 

Del arriesgado acompañante no volvió a saber nada, y ya en el hogar de paz no se sentía ni cómoda, ni segura, ni confiada y cuando cumplió 18 años renunció al programa de reintegración que le ofrecía en ese momento el Gobierno Nacional.

 

El comienzo 

 

A los 20 años Adila conoció a su esposo y se enamoró, “con él fue diferente todo”dice, y al poco tiempo recibió la noticia que cambiaría su vida. Me dijeron que tenía un mes de embarazo y eso hasta ese momento era imposible por mis antecedentes, explica.

 

Adila siempre había querido ser mamá, pero ya se había olvidado de esto pues los médicos le habían indicado que sus posibilidades de quedar embarazada eran nulas porque en el grupo armado había sufrido varias perdidas. Sin embargo, como si se tratara de un milagro, Adila descubrió una capacidad de amar inexplicable y con ayuda de su esposo logró verse a sí misma como lo que era: una mujer valiente, inteligente, amada por Dios y futura madre.

 

La reintegración

 

Tres años después de cumplir su sueño de ser madre, Adila volvió a quedar en embarazo, completando así su regalo más importante: la familia.

 

Meses después, Adila recibió una llamada de la Agencia Colombiana para la Reintegración, hoy Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) que le avisaba sobre su situación jurídica por haber renunciado al programa.

 

Asesorada por los profesionales de la entidad, Adila retomó su ruta de reintegración, validó el bachillerato en la institución educativa San Francisco de Asís y se capacitó en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) en administración de empresas, emprendimiento empresarial y contabilidad.

 

Persiguiendo un sueño

 

Adila siempre había querido ser independiente y empezó a soñar cómo sería su futuro contando con el beneficio de inserción económica que le otorgaba la ARN, y  así fue como dio inició a su empresa de alquiler de lavadoras. La ARN le entregó un total de 6 lavadoras y una moto. Hoy en día, con el apoyo de su esposo, Adila cuenta con 25 lavadoras, dos motos y dos cargueros.

 

Uno nunca debe rendirse, ahí si como el dicho: No hay cosas imposibles sino mentes incapaces. A veces se cree que por no ser profesional no se puede tener una buena economía, pero lo importante es proponernos metas y el que quiere puede”, comenta Adila, y agrega que “mi otro deseo era ser enfermera, pero ahora creo que la profesión va por dentro, y digo orgullosa que mi profesión es ser mamá, dice.

 

Sin Dios nada 

 

Todos los domingos Adila tiene una cita con los niños de Parcelas del Progreso. Allí acude con sus hijas, y entre las tres llevan mensajes de Dios. A través de enseñanzas, actividades lúdicas y un compartir logran entregarles a estos niños mensajes de paz, amor y misericordia sin importar su raza o el credo.

 

La fundación 

Motivada por querer brindar la palabra de Dios, Adila asiste como voluntaria a una fundación que trabaja con mujeres habitantes de calle. Lo que yo viví en el grupo armado es diferente, pero si lo detallamos es parecido, pues también estamos expuestos al rechazo y la estigmatización, entonces me gusta ir a la fundación para que estas mujeres se sientan especiales y amadas sin importar lo que sean, agrega.

 

“En este momento de mi vida soy feliz, tengo una familia unida, tengo a mis hijas que son mi sueño más grande, perdoné a mi padre, y aporto mi granito de arena para que vivamos en una sociedad mejor”, concluye. 

 

Su miedo más grande es que sus hijas tengan que pasar por situaciones similares a las de ella, por eso se dedica a hacer el bien y a enseñarles con ejemplo que ser bueno empieza desde casa.

 

Fuente: ARN Meta – Orinoquia

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